Ignacio Trelles Campos: 101 años de vivir de la patada – Mensaje Político
Balón Cuadrado

Ignacio Trelles Campos: 101 años de vivir de la patada

Ignacio Trelles Campos: 101 años de vivir de la patada

Este lunes cumplió 101 años Ignacio Trelles Campos, legendario entrenador de la selección mexicana de futbol y de múltiples clubes del balompié nacional. Hace 12 meses, Jesús Yáñez, director de Balón Cuadrado, tuvo la gran ocasión de entrevistar a este personaje que marcó un hito en la historia. Por considerar su valiosa aportación periodística reproducimos nuevamente esa entrevista.

 

• El director técnico más exitoso del futbol mexicano

• Resume: “no fui ni muy bueno, ni muy malo”

• “En la escuela sacaba seises y sietes”, confiesa

• Aprendió en la universidad de la vida

• Apodado Tin Tan, era confundido con El Pachuco

Por Jesús Yáñez

Está a punto de cumplir 100 años. Pesada losa. Sentado en un sillón de piel negra, en el porche de su casa en la colonia Tacubaya, cerca del metro Juanacatlán, en la Ciudad de México, con la andadera de aluminio frente a él, donde se apoya para caminar,  Ignacio Trelles Campos mira pasar su vida como si fuera una película muda, mientras escucha la intermitente orquesta motorizada de autos que pasan por la calle Manuel Gómez Pedraza, en Tacubaya, barrio entrañable de la Ciudad de México. Ahí  ha habitado casi toda su vida. Es el técnico más exitoso del futbol mexicano. Su palabra es ley.

A unos pasos, el jardín. Huele a eucalipto y yerba recién cortada. Un vetusto pino parece eterno soldado de plomo, enhiesto, firme, rodeado de rosales, nochebuenas y buganvilias. Se escucha el trino –serenata vespertina– aislado de pájaros.

–“¿Don Nacho, cómo está?” exclama el reportero desde el zaguán, que franquea su hija Lety.

–“Aquí –viviendo– de milagro”, responde Trelles con sarcasmo. Hace tiempo suele decir –en broma y en serio– que está con un “paso más para allá que para acá”.  Llega a esa edad porque, aclara,  “probé de todo –cigarro y alcohol– pero nada me gustó”.

Trelles  nació el 31 de julio de 1916, en Guadalajara, Jalisco, en el auge de dos conflictos armados mundiales: la Revolución Mexicana –antes de los asesinatos de Francisco Villa y Emiliano Zapata–, la primera del siglo pasado y la I Guerra Mundial. Es el único sobreviviente de su generación, como escolapio y futbolista.

“La palomilla”, como, nostálgico, llama con su irremediable tono chilango en la voz.

No fue noviero en su juventud. Su mayor amor fue el balón. Aunque gustaba de otros deportes como el polo, y el basquetbol, y de la fiesta de los toros. Hasta la fecha le apasiona el ciclismo.  No se pierde las carreras en Europa que trasmiten por televisión de paga.

En 1948 sufrió la fractura de su rodilla derecha, que significó su retiró como futbolista profesional. Rompió su extremidad, tibia y peroné, El Pulques León, jugador del Marte, en una jugada accidental, en un partido contra el Atlante. Era el debut de Trelles. Trocó su vida deportiva para convertirse, 40 años después, en el director técnico más exitoso del futbol mexicano, con más títulos; 15, en total, nacionales e internacionales, siete de ellos de liga, con un doble mérito, en torneos largos, anuales, y no cortos, como ahora.

Juegos dirigidos con la Selección Mexicana: 117; y en torneos regulares, mil 83 encuentros. Fue estratega del Tri en los mundiales de 1962, Chile –donde venció 3-1 al equipo de Checoslovaquia, que a la postre resultó subcampeón, en los que se considera la mejor actuación de un representativo nacional en esa justa hasta la fecha– y 1966, Inglaterra

–¿Cuál es el título de liga, de los siete conseguidos, que más le satisfizo?

–No uno en particular. Siempre sentí la misma emoción: alta, lo máximo. Pero de ahí no pasaba.

 

La comida familiar

Tras cada campeonato obtenido, solía hacer una comida familiar en su casa en Cuernavaca, Morelos, donde hay alberca y frontón. Siempre sobrio en el triunfo y la derrota.  Ahí, con la misma austeridad y sobriedad,  Don Nacho, festejará su centenario, rodeado de sus seres queridos.

Cien años petrificados de su historial, en una instantánea, entrevista con la revista Zócalo, de casi 100 minutos, pese a sus “olvidos”, que lo hacen enojar: “Porque hasta hace apenas dos años recordaba todo, ¡caray!”.

Se autodefine como persona: “ni muy bueno ni muy malo”. De su sólida cadena de  triunfos sintetiza: “Me ha ido bien a secas”.  Aunque, aclara: “No digo que muy bien”.  Precisa que siempre le gustó el deporte, el balompié en particular. Y como niño  travieso, suelta: “Siempre fui un mal estudiante: sacaba seises y sietes. Nunca ochos ni nueves. Ni en sueños un diez”.

“Pero tonto no era”, advierte.  Terminó la secundaría en la escuela El Pípila, cerca de su casa.

–¿Era muy inquieto?

–Sí. Claro.

–¿No tenía problemas con sus papás?

–Sí, claro. Como no había nada de diversión, mi papá –Amador Trelles, ingeniero mecánico, apasionado de la ópera, y mamá, María Campos –nomás se enojaban porque sacaba calificaciones, bajas: seises y sietes.

“Pero yo pasaba de año”, dice, ufano, con una sonrisa pícara.

Su filosofía del balón la obtuvo en la universidad de la vida: del barrio y el balón. En particular con dos de sus más entrañables amigos, de quienes aprendió fuera y dentro de las canchas en los juveniles del Necaxa: Daniel Pérez Arcaraz y Manuel Tamés, Régulo.

Eran cábulas por naturaleza. Siempre bromistas, solidarios. Con agudo sentido común.

Daniel hizo historia en la televisión mexicana con el programa El Club de Hogar, en los años 70, con Madaleno, Francisco Fuentes. Éste y Régulo  fueron los primeros en parodiar al indígena mexicano en el cine nacional. También eran memorables sus temporadas en el Teatro Blanquita.

Definido siempre “apolítico”, Trelles duda ver campeón a Cruz Azul, uno de los cuatro equipos más importantes del balompié nacional –América, Guadalajara y Pumas –que él dirigió e hizo bicampeón. La Máquina esta cerca de llegar a los 20 años sin obtener otra corona. Hace casi 25 años coordina sus fuerzas básicas.

Pese a su edad, suele ir dos o tres veces por semana a La Noria, en la delegación Xochimilco, a unos 50 kilómetros de distancia de su casa. Tiene un asistente que hace las veces de chofer, que paga la directiva cementera.

–¿Por qué no?

Se desencaja el rostro de Trelles.

–Va a ser difícil. No sé qué sucedió. Algo le pasó a Cruz Azul que, de repente, perdió su categoría que tuvo desde siempre, aparte de la calidad de su futbol. Ese lugar se lo dio su presidente –Guillermo Alvarez  Macías, a finales de la década de los 60 y de los 70.

“Falleció y las cosas se vinieron abajo”, lamenta el técnico.

 

Con el Cruz Azul

De los ocho títulos de liga obtenidos por el equipo albiceleste, siete fueron durante la presidencia de Álvarez Macías.

Entre los jugadores que destacan de ese memorable equipo, casi invencible: Miguel Marín, Alberto Quintano, Miguel Ángel Cornero, Cesáreo Victorino, Manuel Alejandrez,  Javier Sánchez Galindo, Gustavo Peña, Jesús Prado, Héctor Pulido, Fernando Bustos, Javier Kalimán Guzmán, Horacio López Salgado.

–¿El hecho que Cruz Azul sea considerado entre los cuatro mejores equipos del futbol mexicano y sólo un título en casi 20 años tiene un doble peso en su afición?

–Sin duda. Su muerte –del primer presidente– creó problemas, incluso entre hermanos.

Trelles se refiere a Guillermo Álvarez Cuevas –hijo, cabeza del equipo hace casi 30 años– y Alfredo. Se distanciaron hace casi 20 años por el manejo del club, debido, entre otras cosas,  a la influencia negativa del promotor Carlos Hurtado y los turbios manejos que hizo en la cooperativa cementera su cuñado, el abogado Víctor Garcés, ex directivo del club.

Don Nacho jugó 14 años: Necaxa, América, Monterrey, Vikingos, en la primera liga semiprofesional de Estados Unidos  en 1946. Por encuentro recibía 50 dólares. Durante su primer partido con Atlante, en 1948, el guardameta del equipo Marte, de apellido León, apodado Pulques,  le fracturó tibia y peroné de la pierna derecha: acabó con su carrera deportiva. Ambos habían sido compañeros en el Necaxa. Su primer salario fue de 75 pesos.

Tras tomar el curso de entrenador, dirigió a Zacatepec, Marte, América, Toluca, Cruz Azul, Universidad de Guadalajara, Atlante y, por último, Puebla, en 1991.

Sorprende su respuesta cuando es cuestionado sobre quién fue el mejor jugador del futbol mexicano, y que tuvo la fortuna de dirigir –casi desconocido– en Zacatepec, en 1951: El Pachuco Durán. Era originario de la colonia Santa Julia, uno de los barrios más bravos de la ciudad de México de la primera mitad del siglo pasado. Falleció en los albores de su carrera. Fue asesinado en una riña, tras un baile.

“Se echó a perder: era muy fiestero. Comenzó a tomar. Era un excelente  jugador. Hacía diferencia en la cancha. Era capaz de jugar cualquier posición –salvo portero. Era el mejor en su posición, interior izquierdo. Y había jugadores muy buenos. Además tenía buena estatura –cerca de 1.80–, aunque no era alto”.

Resume:

“Era de otros vuelos”.

Opina que  Horacio Casarín, ex futbolista del  Necaxa, Atlante, España, Zacatepec, Atlante, América, Monterrey y  Barcelona –con quien jugó y al que dirigió– fue superior a Hugo Sánchez, cinco veces campeón de goleo en España, uno con Atlético de Madrid y cuatro en Real Madrid.

“Casarín era más sólido. Muy buen rematador con la  cabeza. Hugo no. Además de que Horacio fue muy bueno con la zurda y la derecha.  Era una persona muy agradable. Cosa que Hugo nunca lo ha sido”.

Como solía decir Trelles –hablaba con los pelos de la burra en la mano–  ahondo sobre Hugo, pese a que nunca lo tuvo como jugador, luego de que en días pasados calificó  al futbol mexicano de “dictadura”.

“Insisto: no es buena persona.  Me consta. En muchas reuniones o juntas que coincidimos era muy pesado. Nada que ver con Horacio.”

Casarín –falleció en 2005– es uno de los jugadores emblemáticos, ídolo, del futbol mexicano. Participo en la película Los Hijos de Don Venancio, con Joaquín Pardavé.

–Y en la polémica sobre quién ha sido el mejor jugador del mundo, Pelé o Maradona, ¿qué opina?

Trelles no medita su respuesta.  Dispara su dardo verbal de cuatro letras:

–Pelé.

–¿Por qué?

–Tenía todo. Y parecía que no –por su estatura mediana, 1.73– pero era muy buen cabeceador. Y no se notaba porque la mayor parte la hacia con los pies: jugaba, daba pases para gol  y anotaba. Muy cerca de él ha habido otros de calidad, españoles y sudamericanos.

Se abstiene de ahondar sobre Maradona.

–¿Y qué opina de Johan Cruyff, de la selección de Holanda, quien desarrollo el concepto del futbol total: todos defienden y todos atacan?

–Era completo. Pero Pelé era más flexible en la cancha, aunque menos alto. Pero esa flexibilidad, maleabilidad, en la cancha le ayudaba mucho.  Además de una magnifica agilidad mental para resolver las jugadas para anotar o dar un pase de gol.

Sonríe, pícaro, cuando el reportero recuerda algunos ejemplos del humor ácido que siempre lo ha caracterizado:

Luego de que en dos ocasiones la Federación Mexicana dio en dos ocasiones la dirección técnica al serbio Velibor Milutinovic –ex jugador de Pumas– en los años 80s, Trelles declaró:

“No me la dan porque no me apellido Trellesovic”

Cuando se refería a la soberbia y repotencia de los árbitros decía que tenían SADA, no SIDA: “Síndrome de Abuso de Autoridad”.

Y tuvo a flor de labio otros dichos populares, que retomó: “A ojo de buen cubero…cabeza fría pies calientes… no se le pueden pedir peras al olmo… jugadas de sexto año –decía cuando había una acción magistral… los pelos de la burra en la mano… ni son todos los que están, ni están todos los que son –afirmaba cuando había una convocatoria a la Selección Nacional.

Bromeaba que iba a pedir el pago por derechos de autor pues muchos comentaristas se “fusilaban” sus conceptos. En particular al fallecido Ángel Fernández.

El Tin Tán del futbol

Platica la historia con Tin Tan, Germán Valdés, con quien solían confundirlo. Igual que el célebre Trompudo,  Don Nacho era buen bailarín. No salía de los salones Esmirna, Los Ángeles, California, Colonia.

Parecían hermanos.  El técnico tiene una caricatura en su estudio,  hecha en acrílico, donde no hay diferencia alguna entre ambos. Uno puede pasar por el otro.

Recuerda:

“Una vez iba caminando en una playa en Acapulco y nos cruzamos Tin Tan y yo. Nos vimos. Caminamos un poco más y nos volteamos. Y nos dimos la mano”.

Espejo uno del otro.

Por ese singular parecido, también lo apodaban Tin Tan.

Es memorable la anécdota con Adolfo López Mateos, entonces presidente de México. Ocurrió durante el abanderamiento de una selección de futbol en Los Pinos.

“Quiero que se venga como secretario de Hacienda”, ordenó el mandatario.

“Con gusto”, correspondió Trelles,  “no se preocupe: le entro. Al fin que ya estoy curado de espanto”.

“Para que le echen la culpa de todo”, advirtió el mandatario tendiéndole la mano.

Estallaron las risas de los presentes.

–¿Cuando fue que tocó un balón por primera vez?

Se ilumina su rostro. Se distiende su bigote argentino, como su pelo.

–Fue en Guadalajara de manera accidental. Vivíamos cerca de la Alameda y un hospital. Y los niños llegaban a jugar  con su pelota y me invitaban. Fue mi primero contacto con ella.

Comenzó a tomar en cuenta el futbol fue cuando  se trasladó con su familia a la ciudad de México antes de cumplir 10 años. Tacubaya era colonia futbolera.  Empezó a tener amigos que habrían de ser entrañables. Como Tamés y Arcaraz.

–Y nos reuníamos en el Bosque de Chapultepec que tenia un campo de futbol y otro de basquetbol. Había ricos y no ricos, pero tampoco pobres –a los que él pertenecía. Nos reuníamos jueves y viernes a cascarear.  Había quienes jugaban en el equipo juvenil del  Asturias, del España, el Germania.  Nosotros éramos de los juveniles del Atlante.  Sábado y domingo cada quien se iba a jugar con su equipo.

Su mejor medicina es el balón, luego del deceso de su esposa, Consuelo Noriega, en marzo de 2012.  Ambos procrearon a María Eugenia, Leticia, Eduardo, Leopoldo y el fallecido: Ignacio. No recurre a ningún fármaco para los achaques de la vejez. Su principal alimento desde que tiene uso de memoria es el plátano. Todas las mañanas consume uno. Si dieta es sana: frutas, verduras, pollo pescado., Prescinde de las carne roja. Suele cenar pan y café con leche. Siempre usa cubiertos.

Al final de la entrevista, en su estudio, Trelles reacomoda, acaricia, sus trofeos con ambas y sus recuerdos en el pensamiento. Dos figuras de cobre, diminutas, de unos 10 centímetros, casi escondidas, contrastan entre los enormes reconocimientos metálicos: Sancho Panza y El Quijote.

Toca, con su índice derecho, el yelmo de ambos, como si estuvieran vivos. Parece  que no los quisiera sacar de su petrificación de hace más de 400.

–¿Qué le significan esos personajes?  Interroga el reportero, sin grabadora ni cámara de por medio.

–Lo que le representan a la humanidad.

Persiste la sinfonía ladradora  de Jaz. Afuera sigue el vigilante pino y persiste el olor a yerba. El ruido de los autos es una canción mortal y el trino de pájaros apenas audible. El sol, pelota roja, comienza a declinar.

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