Artista mexiquense hace viaje retrospectivo por muralismo nacional

MÉXICO, 9 DE ABRIL (CÍRCULO DIGITAL).- El muralista y escultor de los siglos XX y XXI, José Valeriano Maldonado y Arellano, ha dejado su impronta en siete murales en recintos tabasqueños, así como un legado de enseñanza, tanto en la ciudad de México como en Tabasco.

Pintor contemporáneo y sobreviviente de la época de artistas como David Alfaro Siqueiros, Rufino Tamayo, Mariano Paredes, Alfredo Zalce e Ignacio Aguirre, Maldonado y Arellano se asentó en Cárdenas, Tabasco, donde radica desde los años 70.

Nacido en Texcoco, Estado de México, en 1922, aún realiza a sus 94 años grabados, pinturas al óleo o en acuarela, además de enseñar a niños en la Casa de la Cultura de Cárdenas, que lleva su nombre por ser su impulsor y donde labora desde hace décadas.

En visita reciente a Villahermosa, para realizar los trámites de su jubilación ante la autoridad competente, visitó y observó el estado en que se encuentran sus murales en la Biblioteca “José Martí”, de la Universidad Juárez Autónoma de Tabasco (UJAT).

Allí, entre 1960 y 1962 plasmó en tres paredes de la entonces sede de la Facultad de Ingeniería y Arquitectura de la UJAT las pinturas “Benito Juárez”, “Átomos para la Paz” y “Arquitectura e Ingeniería”.

El primero de éstos, dijo, fue en honor al Benemérito de las Américas, cuyo nombre lleva la universidad tabasqueña.

Comentó que “Átomos para la Paz” es sobre el control de la energía nuclear, además se pueden observar una paloma, electrones y se aprecia tanto el daño como los beneficios del manejo del uranio.

En la parte superior del edificio se conserva el otro mural, que muestra la evolución de la arquitectura mexicana desde los olmecas, mayas, así como la época colonial hasta la actualidad.

“Una torre petrolera, un tornillo sinfín, símbolo del movimiento permanente porque la ingeniería y la arquitectura no tienen fin”, apuntó el artista.

Otra de sus obras en Villahermosa, fue plasmada en el entonces Casino del Pueblo (hoy denominado Salón Alas), llamado “Progreso de Tabasco”, donde hombres descamisados se levantan para dar paso a la industria, la paz y la urbanización que tiene más agua que tierra.

“Y con la frase tabasqueños unidos para el progreso, porque en ese entonces andaban de pleito”, expuso en entrevista con Notimex en la Biblioteca José Martí, localizada en las calles Miguel Hidalgo y Arteaga, en el centro de la ciudad.

Explicó que las pinturas tienen que llevar un mensaje para que el observador aprenda algo y de este modo saber lo que se expresa, tal como ocurre con los de José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y Diego Rivera.

En el municipio de Cárdenas, al occidente del estado y siendo la segunda localidad más poblada de Tabasco, señaló que en 2004 pintó otro mural en la Casa de la Cultura, sobre la cultura olmeca al encontrarse La Venta cerca de allí, lugar donde se hallaron las cabezas colosales.

Además, en la secundaria técnica de esta localidad, también pintó dos más, denominados “La historia del libro” y “Evolución de la vida”.

Maldonado y Arellano llegó a Tabasco, continuó, por haber conocido de forma casual en la ciudad de México al ex gobernador Carlos A. Madrazo Becerra, cuando éste despuntaba en la vida pública a finales de los años treinta del siglo pasado.

Al ser encargado Madrazo del área cívica del Departamento del Distrito Federal, expuso que a él y a un grupo de pintores los apoyó con espacios para galerías y los invitó a dar talleres dentro de la penitenciaría de la capital, donde conocieron a Jacques Mornard, asesino material de León Trotsky.

Incluso, recordó, él junto con otros pintores llevaron al escritor chileno Pablo Neruda a conocer a Ramón Mercader, el verdadero nombre de Jacques Mornard.

La sociedad de pintores que formaron, abundó, fue invitada por Carlos Madrazo a Tabasco una vez que llegó a la gubernatura en 1959, recibiendo de aquél una propuesta para crear un centro de arte.

“Llegamos en la primera feria que se hacía en la Quinta Grijalva. Venimos cinco compañeros del grupo, pero sólo dos aguantamos el clima y los otros se regresaron porque dijeron que esto es un infierno, por el calor”, comentó entre risas.

Ya en Tabasco, recorrió pueblos de La Chontalpa para armar talleres artísticos en los parques de Cárdenas, Huimanguillo y Comalcalco, donde los niños participaron y conocieron los materiales porque no habían visto los pinceles ni colores.

Refirió que el material pintado por los menores se lo mostraron al poeta Carlos Pellicer Cámara, quien era director del Museo Regional de Antropología.

“-¿Y eso de quién es? Nos preguntó-, Le respondimos que eran de niños y jóvenes de Tabasco. -Nooo, ¿será posible? pensaba que en Tabasco nada más había poetas y no pintores- Eso nos respondió”, rememoró.

Con esa respuesta, añadió, fueron con el gobernador Carlos Madrazo para abrir la escuela de arte y accedió a crearla, la cual funcionó cerca de cinco años y se estableció en la Zona de la Cultura de la UJAT.

Sin embargo, el proyecto acabó cuando esa administración concluyó en 1964, “entró el nuevo mandatario y no la llevábamos bien con su esposa. Nos fuimos”, indicó.

Dijo que a inicios de la década de los 70 del siglo pasado regresó a Tabasco para montar un centro de arte en el quiosco de la Plaza de Armas, con el apoyo del entonces alcalde de Centro, Roberto Rosado Sastré, así como para exponer sus obras en la Casa Galería Siempre Viva, a cargo de Bertha Ferrer.

En esos espacios conoció a pintores y escultores tabasqueños como Gutemberg Rivero y Fontanelly Vázquez.

El pintor mexiquense, casado con una tabasqueña del municipio de Teapa y padre de dos hijas, señaló que estudió en varios centros de arte de la ciudad de México e incluso conoció al químico que elaboraba los colores de David Alfaro Siqueiros.

Al recordar el nombre de uno de los tres grandes exponentes del muralismo en México, también le vino a la memoria María Asúnsolo, a quien consideró como la musa de varios pintores.

“Era una amiga y gran impulsora del arte, la pintó Diego Rivera, Siquerios, (Manuel Rodríguez) Lozano. Era muy simpática, tenía mucha suerte en conocer a muchos artistas, escritores, políticos y diplomáticos”, expuso.

A sus 94 años, con un caminar aún erguido, aunque con la ayuda de un bastón, José Valeriano Maldonado dijo que cada vez que pueda, visitará sus murales para supervisar que se encuentren en buen estado