EPN, perdido en su laberinto

EPN, perdido en su laberinto

PERCEPCIÓN POLÍTICA / A nadie engañó Enrique Peña Nieto con su burda y elemental maniobra de nombrar a un nuevo subordinado dizque para encomendarle que investigue el escándalo de los palacetes -el suyo, el de su esposa y el de su secretario- y el más que obvio conflicto de interés que se deriva de ello.

 

No deja de asombrar el hecho. No se entiende cómo el presidente pudo haber decidido algo tan falto de imaginación política y, por lo visto, de honradez.

 

A quién se le pudo haber ocurrido eso de que Peña habilitara sobre las rodillas a un subordinado -encima de prestigio automáticamente cuestionado- con la obvia intención de que lo exonere.

 

De Felipe Calderón era posible esperar una cosa así, en virtud de su estrechez mental. Algo así como lo que hizo Juan Camilo Mouriño cuando el Peje López Obrador lo exhibió con una serie de contratos indebidos que tenía -él y su familia- con Pemex. Mouriño se calló 15 días, pero al final apareció acompañado del procurador general de la República para decir que no había nada ilegal en esos manejos.

 

Ya ni siquiera se le ocurrió a Peña pedir que fuera el cansado “abogado de la nación” el que hiciera como que investigaba el asunto. Prefirió nombrar delante de todo mundo a un funcionario sin calidad en una secretaría, la de la Función Pública, que en lo que va del sexenio se había mantenido acéfala y en el limbo precisamente por inservible.

 

Pero quién iba a pensar que Peña hiciera algo así. Incluso se la puso muy difícil a sus propios formadores de opinión, quienes, ciertamente, no supieron cómo aplaudir en la tele, la radio y los periódicos la mentada maniobra, ni cómo contrastar las críticas que se le vinieron encima al mandatario.

 

En esa secretaría, que primero se llamó “de la Contraloría General de la Federación” y luego “Secretaría de la Función Pública”, han desfilado secretarios de triste memoria. Con Carlos Salinas estuvo María Elena Vázquez Nava. A ella le siguieron Norma Samaniego y Arsenio Farell Cubillas, en el sexenio de Ernesto Zedillo; Francisco Barrio Terrazas (el que según su jefe iba a atrapar puros peces gordos) y Eduardo Romero Ramos, en el periodo de Vicente Fox; Germán Martínez (quien terminó diciendo que metía las manos al fuego por Fox) y Salvador Vega Casillas (ciego por completo ante la corrpción), durante el paso de Felipe Calderón.

 

¿Quién los recuerda? Si tuvieron alguna calidad, en esa dependencia la malgastaron. Todos y cada uno de ellos hicieron como que les pasó de noche la monstruosa corrupción que ha carcomido al país. Fue en esa secretaría donde cada uno se exhibió como un político inútil para la sociedad, pero muy funcional para garantizar toda la impunidad a dicha corrupción.

 

Para ilustrar el punto baste recordar la anécdota de que Vázquez Nava dijo haber informado en 1992 al ex presidente Carlos Salinas de que su hermano Raúl hacía recomendaciones de nombramientos de personal en distintas dependencias del gobierno federal, acompañadas de “favores posteriores”.

 

El dicho consta en la única declaración que rindió voluntariamente Vázquez Nava ante el Ministerio Público, el 8 de diciembre de 1995 (ya con Zedillo), en relación con el proceso penal que se le seguía a Raúl Salinas por el delito de enriquecimiento ilícito por 181 millones de pesos.

 

Se entiende que Vázquez Nava declaró, pero para salir del paso y sin querer meterse en honduras. Simplemente sostuvo que durante su gestión hubo varios “rumores” -una persona que debería estar muy informada basándose en rumores- respecto de que el hermano del ex presidente estaba involucrado en actividades irregulares.

 

Los rumores a los que hace referencia eran en el sentido de que Raúl Salinas venía haciendo recomendaciones de nombramientos de personal en las distintas dependencias y entidades de la administración pública, así como que estas recomendaciones iban acompañadas de favores posteriores.

 

Al crecer estos rumores -declaró- es cuando se le propone al presidente de la República (Carlos Salinas) la salida de Raúl de la administración, dado que no existían denuncias que se hubieran derivado de las informaciones solicitadas por la dependencia, esto de manera informal en virtud de que no medió ningún escrito por tratarse de simples rumores y que no se referían a las declaraciones patrimoniales de Raúl Salinas.

 

La Vazquez Nava aclaró que el entonces presidente de la República instruyó a los titulares del gabinete legal y ampliado que no se le diera trato preferencial a sus familiares.

 

El documento, que forma parte de la averiguación previa SE/021/95-12, precisa que antes de dejar la administración pública, a Raúl Salinas se le practicó una revisión de sus declaraciones patrimoniales “de mero trámite”, de 1983 a 1992, cuando fungió como funcionario del gobierno, principalmente en los cargos de director de Diconsa y de planeación y finanzas de Conasupo.

 

¿Y qué creen?

 

Que, según la Vázquez Nava, en esas revisiones no se encontraron “elementos suficientes” que hicieran presuponer conductas ilícitas de Raúl Salinas y que pudieran derivar en la comisión de delitos.

 

He aquí la cuestión. Todos estos secretarios han sido políticos con vida vegetativa. No ven, no oyen, mejor callan. Su función ha sido meramente contemplativa -salvo por el hecho de que cobraron bastante, junto con su inútil burocracia-, pero son completamente corresponsables de la corrupción e impunidad que está por acabar con México.

 

El turno es para el señor Virgilio Andrade Martínez. ¿Por qué le estamos pagando?