Occidente se convulsiona en Europa, pero en Cuba se “revoluciona”

CIUDAD DE MÉXICO, 30 de marzo (JUAN MANUEL MAGAÑA / ESPECIAL DOBLE TINTA / CÍRCULO DIGITAL).-Como se sabe, el presidente Barack Obama realizó una visita a Cuba, la primera de un mandatario de Estados Unidos en 88 años, que fue calificada, por tanto, de histórica. Obama llegó a la Habana diciendo ¿Qué bolá, Cuba?, rodeado del encanto de su esposa Michelle y sus hijas, Malia y Sasha.

El viaje tuvo lugar en medio de un proceso no menos histórico para superar la vieja antipatía de Washington hacia el gobierno cubano, proceso que se dio a conocer en diciembre del 2014 y que implicó negociaciones secretas con los buenos oficios del papa Francisco.

Desde entonces han pasado 14 meses cargados, ciertamente, de hechos: Cuba y EU restablecieron las relaciones diplomáticas. La Casa Blanca liberó a tres agentes de la inteligencia cubana que permanecían presos en Estados Unidos y La Habana repatrió al espía estadunidense Alan Gross, encarcelado en la isla. Los presidentes Raúl Castro y Obama se entrevistaron en EU. Fueron reanudados el servicio postal y los vuelos directos. Washington hasta aflojó algunas de las más agresivas disposiciones del embargo económico mantenido contra Cuba desde febrero de 1962. Y es más, tras esta visita de Obama, dos empresas turísticas estadunidenses desembarcarán en la isla para iniciar operaciones.

Sin embargo, hay muchos pendientes. Obama no ha conseguido convencer al Congreso de su país de la total derogación de las leyes en que se fundamenta el bloqueo económico y quién sabe si lo logre en los meses que le quedan como presidente. Así lo reconoció él.

Además, el Departamento de Estado tiene todavía a Cuba en su lista de países patrocinadores del terrorismo. La Habana, por su parte, ha descartado hacer cambios en su política interna, que porque no es algo que esté en la mesa de negociaciones, pues eso es de la exclusiva soberanía del pueblo.

Y es por ello que la visita de Obama tuvo más de anecdótico, más de simbólico, para remarcar ese paso histórico. Tuvo todo el aroma a despedida de Obama, quien volvió a reunirse con Raúl Castro. Ambos mostraron importantes diferencias en los cruciales temas de democracia y derechos humanos. Se echaron juntos un partido de beisbol entre equipos de los dos países. Una multitud en pleno aguacero ovacionó al visitante. Y Barack resaltó que mientras a Calvin Coolidge le llevó tres días llegar a La Habana en un buque de guerra, en 1928, a él sólo le tomó tres horas a bordo del poderoso avión presidencial Air Force One.

Pero de ahí no pasaron las cosas, por más que Obama haya declarado: “Estoy aquí para enterrar el último vestigio de la guerra fría en América y para construir una nueva era de entendimiento que ayude a mejorar la vida de los cubanos”.

Y si no se entiende así, pues ahí está el suspirante presidencial republicano, Donald Trump, quien criticó lo que caracterizó como una falta de respeto de Raúl Castro porque no acudió a recibir a Obama a su llegada al aeropuerto. Eso quiere decir que la derecha recalcitrante de EU se encarga de recordar a todo el mundo cuán frágil es ese romance que por ahora se traen Washington y la Habana.

Así estaban los arrumacos entre Barack Obama y Raúl Castro, cuando sobrevino un nuevo atentado terrorista en Europa. Del embeleso, Occidente pasó al sacudimiento.

El Estado Islámico se adjudicó de inmediato los ataques suicidas en Bruselas, Bélgica. Terror mundial de bajísimo costo. Un puñado de esbirros dispuestos a inmolarse gritaron maldiciones en árabe y luego hicieron estallar dos bombas en el aeropuerto. Una hora después, otro artefacto detonó en un vagón del Metro. Al principio se dijo que el resultado fue de 34 muertos, pero luego se corrigió para quedar en 31 muertos y 270 heridos, con el consecuente pánico que volvió a cundir en el Viejo Mundo. Por fuerza, Estados Unidos pasó de su hipnosis romántica al estado de alerta; sobre el Imperio se pasea el fantasma del 11-S (seguido de los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y el 7 de junio de 2005 en Londres).

Bruselas se unió así, tristemente, al rosario de ciudades conformado por Nueva York, Washington, Madrid, Londres, París, Estambul y Ankara, que en lo que va del siglo han sido duramente sacudidas por el terrorismo.

Se dice que los atentados han exhibido la incapacidad de las corporaciones europeas de seguridad en su lucha contra las organizaciones terroristas del extremismo islámico. Imagínense, no pueden contener la guerra llevada a sus propias calles y establecimientos, no obstante que el Estado Islámico tiene su zona de influencia hasta Irak y Siria, adonde se le bombardea.

Una prueba de ello es que el atentado se precipitó debido al arresto en Bruselas, una semana antes, de Salah Abdeslam, sobreviviente de la matanza de París. Entonces no fue en sí una nueva o separada operación terrorista sino, por así decirlo, un mismo golpe que no se había agotado en París. El caso francés no estaba resuelto, cuando que se tuvieron todos los indicios para haberlo hecho.

Lo que estalló en el aeropuerto de Bruselas era el mismo tipo de bomba usada en los atentados de París del pasado 13 de noviembre, que se saldaron con la muerte de 130 personas. Incluso el diario francés Le Monde reportó que uno de los atacantes del aeropuerto fue identificado como Najim Laachraoui, quien tenía nexos con la matanza en París. Medios franceses dijeron que su ADN fue encontrado en los cinturones explosivos hallados en el salón Bataclan y en el Estadio de Francia tras los asesinatos de hace cinco meses.

La cuestión es que aquí se ha dicho: “es un ataque a nuestra sociedad democrática”, a la civilización occidental supuestamente basada en los principios de libertad, paz, inclusión y tolerancia. Esta moneda tiene un reverso que nadie desconoce. Cuando se responde con bombardeos en Siria o Irak, hay también civiles que la pagan. No pocos denuncian políticas occidentales para sostener regímenes dictatoriales; para armar y sacar ejércitos a las calles; para estigmatizar a musulmanes en Europa con medidas racistas o para dejar a su suerte a los refugiados al mar.

Esta es la cruzada occidental contra el Estado Islámico liderada por Estados Unidos, en la que Europa se ha involucrado a instancias de Francia. Ciertamente, el EI desafía a las potencias occidentales. Pero los perdedores en esta violencia que se retroalimenta son las poblaciones inocentes que pagan con vidas y con la restricción de sus derechos.

Pero Occidente es persistente cuando se trata de imponer. Así que como parte de lo “histórico”, los Rolling Stones se presentaron en el estadio Ciudad Deportiva de la Habana, el 25 de marzo, sólo cuatro días después de la visita de Obama.

No se ha estudiado por la ciencia, pero algo ha de tener su rock and roll que tanto vigor de quinceañero inyecta en los Stones como para treparse al escenario, sin quebrarse, durante dos horas y media de concierto.

“Sabemos que años atrás era difícil escuchar nuestra música aquí en Cuba. ¡Pero aquí estamos!”, dijo Mick Jagger, acompañado de esos monstruos musicales que son Keith Richards, Charlie Watts y Ron Wood. “Pienso que los tiempos están cambiando en verdad, ¿no lo creen?”, provocó Jagger, envuelto en la bandera de Cuba ante el medio millón de extasiados presentes.

Como esa noche la Habana todavía se remecía en el sopor romántico dejado días atrás por Barak Obama y Raúl Castro, nada más apropiado para la ocasión que el tema de Angie, dedicada por Jagger a todos los cubanos románticos, para al final dar un cierre no exento de malicia con Simpatía por el diablo.

Sobre lo ocurrido, las palabras (dichas a El País) del escritor Leonardo Padura, autor de Las cuatro estaciones y La cola de la serpiente, entre otras obras, lo dejan a uno pensando: “Por la puerta que saldrá Obama entrará Mick Jagger y por la que salga él entrará Chanel. Toda una revolución”.