Orígenes y evolución del federalismo; el caso de Quintana Roo

Columna Invitada

*Jorge Nuño en EXCÉLSIOR 

Por más de cinco década Jorge Nuño, ha sido testigo de acontecimientos políticos y sociales que algunos de ellos ya son páginas de lectura obligada en la historia de México y otros mucho que la misma sociedad mexicana habrá de reconocer como sucesos históricos de nuestra realidad.

Ejemplo de ello bien podría mencionarse el día en el entonces Presidente de la República Mexicana, el Licenciado Luis Echeverría Álvarez, hizo oficial el anuncio de que Quintana Roo se convirtiera en estado. El 1 de septiembre de 1974.

Sin duda alguna testigo leal y relator fiel de este suceso histórico del origen del crecimiento del federalismo y el fortalecimiento de nuestra soberanía nacional, es el Lic. Jorge Nuño, quien hoy relata el hecho fidedigno en las páginas del periódico EXCÉLSIOR, obviamente insertada en la Sección OPINIÓN DEL EXPERTO NACIONAL.

He aquí la publicación en mención:

Orígenes y evolución del federalismo mexicano. El caso de Quintana Roo

Cuando en 1821 se consumó la Independencia de México, poniendo fin a más de tres siglos del dominio español, la región oriental de la península de Yucatán estaba aún lejos de convertirse en el territorio federal de Quintana Roo. Era una extensa región comprendida desde el río Hondo hasta la isla de Holbox; conservaba enormes riquezas naturales, casi intactas, en los bosques y litorales, y seguía estando habitada por las tribus mayas, descendientes de los pobladores originales.

La penetración colonial nunca había ido más allá de Chemax, Tihosuco y Tepich, por el norte, en tanto que en el sur, Yucatán había logrado contener, desde el presidio y fuerte de Bacalar, la pretensión expansionista de la corona británica. Nunca, sin embargo, pudo ejercer el control del territorio maya, que sus habitantes seguían considerando como un país soberano, sin dependencia de ninguna otra nación, México incluido.

Tal como la historia lo consigna, la Constitución de Apatzingán fue un proyecto preliminar de nación, “mientras se haga una demarcación exacta de esta América Mexicana, y de cada una de las provincias que la componen…” El documento contiene 242 artículos y fue firmado en el año quinto de la independencia mexicana, en el Palacio Nacional del Supremo Gobierno en Apatzingán. Al final del documento, hay una nota que dice textualmente: “Los excelentísimos señores Lic. D. Ignacio López Rayón, Lic. D. Manuel Sabino Crespo, Lic. D. Andrés Quintana, Lic. D. Carlos María de Bustamante, D. Antonio de Sesma, aunque contribuyeron con sus luces a la formación de este DECRETO, no pudieron firmarlo por estar ausentes al tiempo de la sanción, enfermos unos y otros empleados en diferentes asuntos del servicio de la patria”.

En mayo de 1974 se divulgó la decisión presidencial de atender las reiteradas peticiones de los quintanarroenses de ser elevados a la categoría de estado

Vino luego el fallido primer imperio mexicano de Agustín de Iturbide, al que siguió su derrocamiento y la promulgación de la Constitución Federal de los Estados Unidos Mexicanos, que entró en vigor el 4 de octubre de 1824. De esta manera nació una nación libre y soberana. Una gran nación que de ninguna forma estaba preparada para asumir el control de un vasto territorio de 4 millones 500 mil kilómetros cuadrados (“Es igual a una cuarta parte de Europa, o igual a Francia, Austria, España, Portugal y la Gran Bretaña juntas”, reportaría tres años después Henry Ward, un diplomático inglés, enviado con el claro propósito de espiar un nuevo territorio, desde la perspectiva y espíritu colonialista británico).

Y peor aún que la amenaza de Inglaterra fue desde un principio la del vecino del norte, cuando éste ya había transitado por casi medio siglo como nación independiente. México contaba apenas con una población de siete y medio millones de habitantes; seguía inmerso en los interminables conflictos internos y la guerra de 1846-48 con Estados Unidos, culminada ésta con la pérdida de Texas, Nuevo México y California.

México recibió como indemnización por la California norteamericana la cantidad de 15 millones de dólares, pero, a cambio de ellos, las mismas tierras produjeron a sus nuevos dueños —entre 1849 y 1856—, 500 millones de dólares en oro. No conformes, los californianos emprendieron una intensa campaña a fin de avivar la codicia colectiva, con la mira puesta en el estado de Sonora, al considerarlo un suelo propicio para dar continuidad a la fiebre de oro. Entretanto, en el sureste mexicano estallaba la Guerra de Castas, alentada en buena parte por Inglaterra, que ya se beneficiaba con la explotación del palo de tinte y la caoba, y tenía conocimiento del gran potencial del árbol del chicle. Así las cosas, le esperaba un futuro nada promisorio al federalismo mexicano.

La segunda mitad del siglo XIX no fue menos difícil: México seguía estando en los planes de conquista, invasión o intervención (el término era lo de menos) de las potencias europeas. Recién se había registrado la primera intervención francesa o “Guerra de los pasteles”, a partir de un asunto baladí: en 1832, un ciudadano francés reclamó que oficiales de Santa Anna habían comido pasteles en su restaurante sin pagarlos; el asunto creció a tal al grado, que Francia envió una flota invasora de 25 navíos y cuatro mil hombres hasta el puerto de Veracruz, exigiendo a México 600 mil pesos por concepto de indemnización, que finalmente obtuvo. Hacia el interior del país, la anarquía y los antagonismos políticos e ideológicos seguían en franco crecimiento.

Al rendir el informe presidencial del 1 de septiembre de 1974, el licenciado Echeverría hizo oficial el anuncio de que Quintana Roo se convirtiera en estado.

En 1847 estalló en Tepich la Guerra de Castas, la cual habría de durar más de medio siglo y aplazaría la consolidación de la República en el sureste mexicano. Simultáneamente ocurrieron los intentos separatistas de Yucatán, su alianza con la recién independizada Texas y el ofrecimiento de la soberanía del suelo yucateco a los Estados Unidos, a cambio del sometimiento de los mayas. Es muy posible que estos quebrantos —o parte de ellos— se hubieran evitado, de haber sido respetados los tratados de diciembre de 1841 firmados en Mérida, por el licenciado Andrés Quintana Roo —como plenipotenciario del presidente López de Santa Anna— y el gobierno de Yucatán, relativos a su reincorporación a México, luego de haberse erigido ésta “en República libre e independiente.

De mayor complejidad e inestabilidad política fue el periodo de 1862 a 1867, cuando se concatenaron la segunda intervención francesa y la instauración del segundo imperio mexicano. Más de cuatro lustros no habían bastado a los mexicanos para adquirir el espíritu republicano y menos para aprender a gobernarse por sí mismos; de hecho, estaban más divididos que nunca. Fue en 1861, cuando el presidente Juárez anunció la suspensión de pagos de la deuda externa; Francia, España y Gran Bretaña formaron entonces una alianza y enviaron sus tropas a Veracruz.

Dos años después, una delegación mexicana viajaría a Europa para ofrecer la corona imperial de México “para sí y sus descendientes” al austriaco Maximiliano de Habsburgo.

La guerra entre liberales e imperialistas llegó a su fin en 1867 con la caída del imperio y el fusilamiento de Maximiliano, Juárez regresó a la Ciudad de México para restablecer su gobierno, convocar a elecciones y el 15 de julio, izó la bandera tricolor en la Plaza de la Constitución. Al ser reelecto, se propuso desde luego observar la Constitución, fortalecer el federalismo y cuidar el equilibrio entre los poderes. Historiadores de tendencia pragmática consideran que el gobierno del presidente Juárez marcó una época en la que México definió su vocación federalista y se consolidó como República.

Juárez permaneció 14 años en la Presidencia, con lo que se granjeó el calificativo de “dictador”, nada menos que de parte de Porfirio Díaz, quien a su vez ejerció en el poder de 1876 a 1911, el prolongado periodo conocido como el porfiriato. Así transcurrió medio siglo de claroscuros en busca de un federalismo pleno, esencial para la sana convivencia entre los 13.6 millones de habitantes que el país tenía en los albores del siglo XX. Cuando la situación se tornó insostenible estalló la Revolución Mexicana. Y al igual que en 1871 el Plan de la Noria proclamaba: ¡Viva Porfirio Díaz! ¡Muera la reelección!, en 1910, Francisco I. Madero volvía a la carga con su grito: ¡Sufragio efectivo, no reelección!

En este contexto histórico, Díaz encontró que la propuesta de un grupo de influyentes yucatecos, para crear un territorio federal como “medida temporal” en el oriente de Yucatán, se ajustaba a la perfección a sus propios planes. Decretó, pues, la erección de Quintana Roo el 24 de noviembre de 1902, a la vez que los batallones 1° y 28° de infantería, al mando del general Ignacio A. Bravo desplazaban a las tribus mayas de sus tierras ancestrales.

Seguidamente, los recursos del nuevo territorio eran entregados para su explotación a trece de los más prominentes personajes del porfirismo y, por otra parte, desde Bacalar hasta Santa Cruz de Bravo y bahía de la Ascensión se estableció un enorme presidio, al que quincenalmente llegaba un vapor con cientos de presos políticos, por lo que se le conocía como la Siberia Mexicana.

Quintana Roo desapareció como territorio federal en dos ocasiones, una durante el gobierno de Venustiano Carranza y la segunda siendo presidente el ingeniero Pascual Ortiz Rubio. Para entonces los quintanarroenses ya habían adquirido el sentido de identidad y, sin importar los múltiples obstáculos que significaba ser oficialmente ciudadanos campechanos, formaron el Comité Pro Territorio, en un hito histórico nunca antes visto, ni tampoco repetido. Fue una lucha tenaz en la que, por más de un lustro, todo un pueblo tomó parte al ser requerido.

El presidente Lázaro Cárdenas, que como candidato había escuchado las lamentaciones de los payobispenses y ante quienes empeñó su palabra, decretó el 16 de enero de 1935 la restauración definitiva de Quintana Roo, iniciando el proceso de desarrollo que en su momento retomarían Adolfo López Mateos y Luis Echeverría Álvarez, para transformar en estado el antiguo territorio.

En 1967, cuando Javier Rojo Gómez arribó a Chetumal como gobernador, manifestó su deseo de ser el último enviado por el centro y que, al término de su mandato, los quintanarroenses pudieran gobernarse por sí mismos. Para ello elaboró el Plan de Desarrollo Integral, un valioso documento que el presidente Echeverría recibió en diciembre de 1970, durante su primera visita a Quintana Roo. Igualmente, pudo el primer mandatario constatar el anhelo ciudadano por el autogobierno. No se contaba aún con el número de habitantes requerido por la Constitución, pero ya estaba en marcha el proyecto Cancún y un mes antes se había inaugurado la carretera Chetumal–Escárcega, el último acceso a una capital en el país que no contaba con camino pavimentado. Vinieron entonces colonizadores, procedentes de Durango, La Laguna y Michoacán para fundar nuevos centros de población y superar el requisito constitucional.

A mediados de mayo de 1974 se dio a conocer, tanto en Quintana Roo, como en Baja California Sur, la decisión presidencial de atender las reiteradas peticiones de ambos territorios para ser elevados a la categoría de estados libres y soberanos, como en efecto ocurrió. Al rendir el informe presidencial del 1 de septiembre, el licenciado Echeverría hizo oficial el anuncio, y el 8 de octubre del mismo año fue publicado el decreto correspondiente. Con este trascendental acto, el presidente Echeverría —estudioso y gran conocedor de la historia de México— quiso dar solemnidad a la Constitución de 1824, en el 150 Aniversario de su promulgación y, a su vez, al nacimiento del federalismo mexicano.

Se han sucedido siete gubernaturas y 14 legislaturas desde que los quintanarroenses dejaron de ser ciudadanos de segunda o súbditos del centro del país.

Y al dar posesión a Jesús Martínez Ross, primer gobernador electo, dijo a los quintanarroenses: “Quintana Roo tiene desde hoy un gobierno propio. A este estado, que da gala al mar más hermosos del mundo quiero desearle, en nombre del pueblo mexicano, el mejor de los éxitos. Que lo conquiste por su esfuerzo, por su trabajo, por su esperanza, y haga honor a su vieja inspiración, a la inspiración que ahora ha logrado realizar para bien de México y para bien de todos ellos.

¡Que viva México y que viva Quintana Roo!”

Se han sucedido siete gubernaturas 14 legislaturas desde aquel entonces cuando los quintanarroenses dejaron de ser ciudadanos de segunda o súbditos del centro del país para convertirse en ciudadanos con todas las prerrogativas, derechos y obligaciones que esto implica, y ese pueblo heredero de una de las más puras tradiciones y cultura mayas ha sabido engrandecer con trabajo, talento y capital humano a ese rincón de la patria convirtiéndolo en un poderoso polo turístico con más de 90 mil cuartos, erigiéndose en un coloso incontenible del Caribe.

La construcción de Quintana Roo ha sido una epopeya del gobierno y pueblo que han sabido interpretar a una patria impecable y diamantina que supo transformar un escenario de sonidos de selva, jungla y conflictos históricos de guerras civiles en un emporio.

¿Olvidamos estos hechos, los lanzamos al basurero de la historia? ¿O decimos la verdad?.
Solamente es pregunta.
29 de Noviembre de 2015

Jorge Nuño * Director general del Centro de Estudios Económicos y Sociales del Tercer Mundo (CEESTEM). 

Texto publicado en la página 32 de la primera sección del periódico Excélsior, el domingo 29 de noviembre de 2015. http://www.excelsior.com.mx/opinion/opinion-del-experto-nacional/2015/11/29/1060256