Sin papeles, sin integración

Por la Espiral

Mamadou es un senegalés de rostro lánguido que llegó a España vía Melilla a través del mar de la muerte,  la ruta marítima para los traficantes de mercancía humana que meten en pateras -como latas de sardina- a  bebés, niños, mujeres, hombres todos aquellos que paguen el pasaje mínimo de dos mil y hasta diez mil euros, en ruta hacia lo desconocido.

Lo desconocido significa lidiar con todo tipo de vicisitudes desde la enorme posibilidad de naufragar y ahogarse, sufrir el repentino abandono en el medio de las aguas  hasta el deliberado hundimiento de las barcazas implementado por los propios traficantes.

El océano se ha convertido en  una tumba gigante,  impertérrita, silenciosa y grisácea  para cientos de miles de personas que desde África, Asia y Oriente Medio buscan afanosa y desesperadamente llegar a suelo europeo.

La marea humana huye sin coartada alguna de sus respectivos terruños por una amplia variedad de razones: la falta de oportunidades de vida, la violencia local, el hambre, la sequía, la desertificación, la inseguridad, la guerra entre tribus y castas;  las guerras civiles, hasta lo más de moda, el terror civil implementado por el avance del Estado Islámico y su yihad en varios países musulmanes.

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) apunta que, en 2014,   se desplazaron hacia Europa cerca de 200 mil personas en forma de inmigración ilegal muchas de las que solicitaron asilo y otras fueron repatriadas aunque la mayoría lograron quedarse en suelo europeo.

Lo inusual de la cifra es que en años anteriores el número de inmigrantes ilegales oscilaba entre los 35 mil a máximo los 50 mil por eso es que desde el año pasado los números además de rompedores son radicalmente alarmantes.

Mamadou forma parte de las estadísticas del año pasado, él logró quedarse en España, los avatares de una travesía peligrosa que inició con un periplo de muchos meses de antelación en tierras africanas se convierte en toda una odisea de vida que puede culminar como se lanza una moneda al aire para jugarse una apuesta, hacer un pulso con el destino: a cara o cruz.

Entre los sueños por una nueva oportunidad de vida o quedarse en el fracaso rasgado al sino de la muerte, él ha tenido suerte, es una de esas personas que ya en territorio español logró moverse con habilidad.

El problema es que ahora él es “carne de cañón” de sus propios compatriotas -que llegaron primero- y que de una u otra forma han aprendido cómo se mueven los intersticios de una economía que  ni les ve ni les oye pero que sí los necesita para girar la rueca del dinero negro.

Y Mamadou es la punta del iceberg. A él lo encontré, como casi siempre está en los últimos nueve meses, en uno de los pasillos del Metro Avenida de América en Madrid que es uno de los que más gente moviliza porque tiene un intercambiador.

El joven africano que dejó todo atrás principalmente sus vínculos familiares y de sangre huyendo de una miseria atroz se ha convertido en España en un mantero.

Su improvisada jornada laboral empieza a las nueve de la mañana y puede extenderse hasta las once o doce de la  noche, a veces debe salir huyendo a todo prisa con su manta hecha bola con las películas pirata  y las gafas de imitación de firmas de lujo.

A Colación

Le pregunté cuánto dinero tiene que sacar diariamente: “No menos de 50 euros”, me dijo. De los que, como la mercancía es a consigna, a él le quedarán libres 3, 4 o 5 euros diarios, dinero que al mes utilizará para pagar su hospedaje en una de las llamadas vivienda pateras denominadas así porque son departamentos de 50 metros cuadrados con camas literas por todos lados; un foco de hacinamiento para todos los mamadous que uno se pueda imaginar.

Así es el círculo de la explotación entre una disyuntiva que significa quedarse a morir en el terruño o llegar a Europa y vivir bajo redes entretejidas por sus propios conciudadanos para  someterles a un régimen de prácticamente esclavitud disfrazada, sin libertad.

Cada vez quedan menos rincones en España donde no se vean los manteros, el contrabando desde luego  ha incrementado exponencialmente con la falsificación de artículos de lujo: bolsos, gafas, anillos, joyería en general, pañoletas, camisetas, zapatos, portafolios; etc.

Y la alarma por toda la situación que conlleva la inmigración ilegal cunde por  toda Europa, salta por los aires en Grecia e Italia, que son los países elegidos por libios, sirios, paquistaníes, afganos o iraquíes  para intentar llegar a tierras europeas también por la otra ruta de la muerte  vía Lampedusa.

Tan sólo en dos días Grecia ha recibido  mil 200 inmigrantes ilegales mientras que en un fin de semana, a Italia le cayeron 6 mil. La Unión Europea está desbordada al tal grado que el semanario alemán Der Spiegel habla ya de una crisis humanitaria de acogida.